15.12.12

Canciones cada día más parecidas

La música moderna cada vez se parece más a sí misma. Las canciones de hoy son cada vez más repetitivas. Lo demostró un reciente estudio del Consejo Superior de Investigaciones Científicas de España que publicó en primera instancia la revista Scientific Reports y luego se difundió por numerosos medios de prensa. Los científicos estudiaron 464.111 canciones editadas entre 1955 y 2010 y concluyeron que, cuánto más modernas son, más tienden a parecerse entre ellas.
Recordé esta noticia cuando en el Facebook del colega César Bianchi vi esta comparación: por un lado, esta canción del Cuarteto de Nos llamada Algo mejor que hacer, del multipremiado disco Porfiado (2012)


Por otro, esta otra llamada Mr. Understanding, que data de 2008 y es el mayor éxito de un grupo inglés llamado Pete and The Pirates.  



Las canciones indudablemente se parecen, pero mis precarios conocimientos musicales me impiden calificar la similitud más allá de esa palabra. En la música popular, los límites entre inspiración, tributo, casualidad, copia y plagio pueden ser difusos y casi siempre son controvertidos. Los que saben de música son quienes pueden definir cada caso con el término exacto.
Le pregunté a Santiago Tavella, integrante del Cuarteto de Nos, sobre la semejanza entre ambas canciones. Dijo que escuchó decir algo sobre el asunto, pero que Algo mejor que hacer la compuso su compañero Roberto Musso y que él todavía no escuchó la canción de los ingleses.
"Lo que sí es cierto -agregó- es que hoy en el mundo de la música todo viene en un formato muy parecido, y que hay una cuestión medio industrial según la cual los sellos reciben con muy buena onda todas las cosas que se parecen entre sí". Pero dijo que el Cuarteto va contra esa corriente.
A Musso ya le preguntaron por Mr. Understanding los periodistas Ignacio Álvarez y Martín Fablet en el programa "Las cosas en su sitio", en radio Sarandí. Musso admitió conocer la canción de los ingleses, pero sostuvo que no compuso Algo mejor que hacer pensando en ella. Si llegara a existir un parecido -dijo-, es fruto de la casualidad. Y explicó que hay elementos musicales que muchas veces quedan alojados en el inconsciente de los músicos.
Esa fue una de las explicaciones que encontró Rod Stewart para uno de los casos más célebres y polémicos de canciones parecidas. Ocurrió con su súper exitosa Da ya think I´m sexy.




El carismático Rod fue acusado de plagio y llevado a los tribunales por el brasileño Jorge Ben Jor, quien sostenía que el mega hit del escocés plagiaba su canción Taj Mahal.



Ben Jor ganó la demanda, pero nunca vio un peso extra: un abogado de Rod Stewart tuvo una idea genial: aconsejó a su cliente que donara a Unicef todas las regalías producidas por Da ya think I´m sexy, cosa que el rockero hizo, transformando así algo que sonaba muy mal en un acto de caridad.
Tal como recordó Tavella, cuando Rod Stewart visitó Montevideo para brindar un memorable show en el estadio Centenario, reconoció que poco antes de escribir Da ya think... él había estado en Brasil y quizás había escuchado la canción de Ben Jor y quizás, en forma inconsciente, sus notas habían quedado grabadas en algún rincón de su cerebro.
"Estas cosas casi siempre son involuntarias", dijo Tavella.
Atento al fenómeno de las canciones que se parecen, el argentino Capusotto se tomó a la risa la increíble  y muy notoria coincidencia entre un tema de Larbanois-Carrero (llamado Ocho letras) y otro de la banda de heavy metal Iron Maiden (Hallowed by the name).


Ese y muchos otros casos son analizados en una interesante entrada del blog de Martín Fernández Yurcho. (Sentí alivio al saber que alguien más notaba el parecido entre Why don´t you get a job de The Offspring y  Obladi oblada de los Beatles).
También vale la pena un artículo sobre este tema escrito en la web de Pablo Gindel a propósito de la similitud entre el famoso jingle futbolístico Uruguay te queremos ver campeón (cuyos autores, a su vez, aseguran haber sido plagiados) y la obra barroca llamada Canon y Giga en Re mayor para tres violines y bajo continuo de Johann Christoph Pachelbel, un compositor alemán del siglo XVIII. Según el artículo, decenas de canciones modernas, desde Greenday a Silvio Rodriguez, reproducen el Canon de Pachelbel. Gindel presenta a un humorista estadounidense llamado Rob Paravonian que se toma a la risa tal "coincidencia":



A las canciones que se parecen demasiado a otras, el músico uruguayo Ruben Olivera dedicó dos emisiones de su programa radial Sonidos y silencios, en Emisora del Sur, del Sodre. Allí recordó, entre otros casos, cuando el indudablemente talentoso George Harrison debió pagar 500.000 dólares por "plagio inconsciente" en su canción My sweet Lord, repasó los evidentes parecidos entre La Bamba y Twist and shout de los Beatles, y reconstruyó con las grabaciones originales el increíble caso del plagio de la Lambada. 
Aquí se reproduce parte del muy ilustrativo programa de Olivera:







5.12.12

Tupas famosos, tupas olvidadas


Hay que sobreponerse al título, Las rehenas, y al molesto uso de esa pseudo palabra en cada página, porque más allá de la bobera de lo políticamente correcto llevado al extremo (si hay rehenas, ¿también hay rehenos?), el contenido es muy interesante.
El libro, cuyos autores son Marisa Ruiz y Rafael Sanseviero, cuenta la historia de 11 mujeres que integraron el Movimiento de Liberación Nacional-Tupamaros y que, durante la dictadura militar, fueron consideras rehenes del régimen y en lugar de permanecer presas en una cárcel fueron llevadas de cuartel en cuartel, semiaisladas y cambiando de lugar de reclusión cada poco tiempo.
MLN, tupamaros, mujeres tupamaras
Nueve tupamaros hombres fueron rehenes y hoy son celebridades, ex guerrilleros famosos, incluyendo al presidente de la República y a uno de sus ministros: Mujica, Fernández Huidobro, Rosencof, Manera, Marenales, Zabalza, Engler y los fallecidos Sendic y Wasem Alaniz.  En cambio a la inmensa mayoría de estas 11 mujeres no las conoce nadie.
De eso trata el libro, de ellas, sus historias, lo que vivieron, lo que piensan hoy y las razones por las cuales los rehenes son pop stars y ellas desconocidas absolutas.
Ellas se llaman: Alba Antúnez, Cristina Cabrera, Gracia Dri, María Elena Curbelo, Raquel Dupont, , Lía Maciel, Elisa Michelini, Miriam Montero, Estela Sánchez, y Flavia Schilling. También la fallecida Yessie Macchi.
Una importante diferencia entre ellos y ellas, es que los rehenes vivieron en ese régimen de rotación cuartelaria, y en condiciones de reclusión extremas, desde setiembre de 1973 hasta abril de 1984. La rotación de las mujeres, en cambio, se detuvo en 1976, cuando Yessie Macchi quedó embarazada en un cuartel y los militares decidieron que ya era suficiente y las llevaron a todas al penal de Punta de Rieles, junto a las otras presas.
¿Esa diferencia justifica la gigantesca desproporción entre la presencia pública, política y mediática de los hombres y las mujeres rehenes?
Algunas de ellas parecen creer que sí. Raquel Dupont declara: "A mí no me castigaban ni me pegaban como a los compañeros, ¡porque hay que ver lo que han sido los rehenes compañeros! Porque cuando dicen: 'Vos también fuiste rehén', yo contesto: '¡Ah!, pero no me digas que vas a comparar".
Sin embargo, otras de las ex rehenes son mucho más críticas de la historia oficial tupamara y del magro lugar que a ellas, como mujeres, les ha tocado ocupar. Dice Lía Maciel:
"Si tu le preguntás al Ñato quiénes son las mujeres que estuvieron de rehenes te contestaría: '¿Qué? ¿Cómo? ¿Mujeres rehenes?' Capaz que se inspira y te dice: 'Ah, sí, Yessie Macchie'. Estoy segura de que no sabe".
El libro incluye testimonios tan cuestionadores del edulcorado y heroico relato oficial del MLN que por momentos recuerdan a los recogidos en Historias tupamaras.
Allí se denuncia, por ejemplo, el fuerte sesgo sexista de la guerrilla tupamara. Las pruebas de ingreso eran más duras para las mujeres. Los hombres hombres presos dirigían la guerra desde la cárcel, mientras las mujeres presas ni siquiera eran consultadas sobre temas menores.
Impresiona el caso de Cristina Cabrera, cuyo inicio en el MLN remite a la dura historia de Juan José Cabezas, a quien le explotó una bomba en las manos porque los jefes de la organización le habían encomendado fabricarlas sin saber muy bien cómo. "Como yo siempre fui una buena artesana -cuenta Cabrera- me dieron un encuadre de servicios y allá marché a hacer bombas que no servían para nada".
Cabrera relata una historia insólita, cómo por ser una guerrillera clandestina terminó trabajando de mucama en la casa de una familia pro tupamara.
"Cuando pasé a la columna de 'los importantes' (...) ellos eran los grandes jefes y tu eras indio allá abajo y no les importabas nada. Estando clandestina me llevaron a una casa y la señora decía: 'Ah, qué suerte, bueno, encargate de esto' y me usaba de empleada doméstica. Yo sin problemas porque total como estaba encerrada hacía las cosas sin drama. Pero cuando decía que tenía una tarea del MLN querían que antes les hiciera todas las labores de la casa. Esas señoras compañeras pedían una 'estrella' -como nos llamaban a las de la última fuga- en verdad para tener una doméstica".
Cabrera continúa:
"A eso sumale el machismo, porque siendo esposa de alguien estabas a salvo, pero mujer sola y clandestina era lo peor que te podía pasar, porque eras un ser despreciable o tenías que estar dispuesta a ver con quién te ibas a acostar para sobrevivir. Fue tan duro que tuve ganas de suicidarme...Me fui a Kibón a pegarme un tiro pero no pude. Así era el estado de desconcierto que tenía. Y después me mandaron a hacer vigilancia todas las comisarías para que me agarraran, porque lo que querían era deshacerse de mí y de muchas otras que éramos disidentes ahí adentro".
En el libro -publicado por Fin de Siglo- también aparece el delirio mesiánico bélico tupamaro, la loca apuesta que llevó a la organización a declarar la guerra al Ejército en 1972. Alba Antúnez cuenta su impresión de una reunión donde se discutió si era necesario ir a una tregua o a una escalada de violencia, tal como finalmente ocurrió: (notarán que a las citas del libro les falta edición, están demasiado apegadas a la grabación original. Es un detalle que no las arruina, pero las afea): "En abril sí es cuando se intensifica todo tanto, en ese año de discusiones impresionantes llega un punto en que se debaten dos grandes líneas adentro de la organización. La '72', que es un enfrentamiento armado con las consecuencias de cada uno. Y otra línea que es una semitregua como la que se había hecho para las elecciones. Y bueno, se discutieron mucho esas dos líneas, y yo recuerdo de haber salido de una reunión de esas, que le dije a un compañero que ahora está muerto: '¡Esto así va a ser un baño de sangre!'...y salí rodándome las lágrimas, ¡lo que nunca me había pasado!".
Los testimonios también echan por tierra varios mitos de la vida en prisión durante la dictadura. Stella Sánchez narra los días que pasó con muchas otras apresadas en la Escuela de Armas y Servicios:
"...la psicosis era grande. Empezaron a correr rumores, que fulanita era traidora, que menganita se había acostado con un milico, que zutanita estaba rayada, que a aquella le habían robado el hijo, a otra le habían robado el compañero, que había discusiones por quién tomaba el comando ahí adentro... por todo. El clima era desconfianza, de persecución. Ahí nos empezamos a dar cuenta de que habían terminado con la organización y de cuántas limitaciones teníamos como personas".
Graciela Dri agrega una anécdota tragicómica: llegó al cuartel del 9no. de Caballería proveniente del 6to. de Caballería. Venía de pasarlo mal, pero no fue bien recibida por sus compañeras. "Te robaban las cosas, no te querían dar de comer (...) Decían que no convidaban porque (la comida) tenía valor afectivo".
El otro boquete que el libro abre es en el relato que pinta a todos los militares con la misma brocha: todos igualmente bestias y torturadores. De los testimonios se desprende que hubo unidades donde estas mujeres fueron torturadas y recibieron un trato infamante. Pero no siempre fue así.
Miriam Montero relata la tortura que recibió en el batallón Florida, no aclara en qué fecha. Allí padeció lo que se llama el "submarino seco", que es particularmente cruel, porque la víctima es atada a una tabla y así se la vuelca en un tacho con agua, lo que "hace que el torturador pierda la medida de la respuesta del torturado porque no siente la fuerza que el primero hace hacia arriba". A Flavia Schilling la manoseaban y la usaban para entrenar un perro policía, una experiencia que también otras padecieron. Pero no todas las unidades ni todos los oficiales tuvieron este tipo de conductas deplorables.
Cuenta Cristina Cabrera:
"En Artillería 1 me ataban para dormir; en el 9no (de Caballería) el problema eran los perros (...) Los oficiales de Caballería son la última lacra del mundo, tienen una relación asquerosa con sus caballos y son machistas, se emborrachan y eso es lo complicado (...) Por ejemplo, cada media hora te abrían la puerta y te metían un perro adentro del calabocito". Pero en otras unidades "por suerte nos dejaban leer, hacíamos palabras cruzadas, pensarlas y después hacerlas, hacíamos yoga, después con lo que podía hacía artesanías, con cajas de fósforos, con lo que sea".
En otro pasaje, Cabrera relata la relación casi amistosa que llegaron a tener ella y otras detenidas con los soldados de una unidad del arma de Ingenieros.
"En Ingenieros 1 (...) tenía una edición buenísima con la tropa... Que no son milicos, todos tienen un oficio y trabajan ocho horas en un oficio y ocho horas de milico, pero tienen cabeza de gente, no de milico... y además tienen otro nivel cultural... Entonces de noche cuando ya no había más oficiales tocábamos la armónica, cantábamos, ellos nos pasaban por la ventanita (...) algún choricito que hacían... coca cola, nosotros les pasábamos alguna torta que nos hubiera mandado nuestra familia, se conversaba, sabíamos todos de fútbol, nos poníamos al día con el mundo gracias a la guardia".
Cabrera también cuenta que el trato sanitario variaba según la unidad militar. "Los cuidados de la salud en algunos cuarteles era más fácil y en otros no. Por cada vez que pasaba por Caballería, los tres meses de Caballería me costaban una internación".
Los autores, sin embargo, dejan pasar este punto (que también aparece en Milicos y tupas): el de los distintos comportamientos entre los militares. Quizás porque no hace al centro de su obra, por mero prejuicio ideológico o porque contradice su propio discurso, Ruiz y Sanseviero apenas se limitan a apuntar: "Sobran los motivos para que algunos cuarteles sean unánimemente recordados por la crueldad militante de oficialidad y tropa contra las prisioneras, mientras que los recuerdos sobre otros sean matizados y tal vez contradictorios".
El tema, sin embargo, merecía otro tratamiento, si se pretende avanzar en una historia que no esté contada en blanco y negro.
La odisea de las rehenes no terminó cuando las llevaron al penal de Punta de Rieles con el resto de las tupamaras prisioneras porque, según recoge el libro, fueron recibidas en la cárcel con desconfianza por sus propias compañeras y tratadas en muchos casos como traidoras. Cuando volvió la democracia y los tupamaros fueron liberados, los rehenes dieron una famosa conferencia de prensa, pero las rehenes no fueron invitadas. Luego, con la excepción de Yessie Macchi, todas ellas fueron olvidadas.
No piense el lector que se trata de un libro escrito desde la derecha. Por el contrario, tiene cierto sesgo en sentido opuesto. Por ejemplo, se insiste en hablar de "la muerte de los cuatro soldados" acribillados por el MLN el 18 de mayo de 1972 como si hubieran tenido un infarto dentro del jeep y no hubieran sido asesinados (Ruiz y Senseviero citan más de una vez a Milicos y tupas, lo que agradezco, pero parece que no repararon en las páginas que van desde la 79 a la 93, donde se aclara lo que pasó con esos cuatro desafortunados). O también cuando se habla de "injerencia de sectores colorados y blancos" en el golpe de Estado, pero se omite toda referencia al apoyo que el Partido Comunista dio los golpistas en febrero de 1973 (Sanseviero fue diputado comunista, dato que curiosamente no incluye en sus datos biográficos en la solapa del libro).
El balance, más allá de los detalles señalados, es muy valioso. Se trata de un libro que no tendrá mucho espacio en los medios y cuyas partes más reveladoras seguramente serán silenciadas, tal como le pasó a Historias tupamaras.
La carrera hacia el bronce eterno de los guerrilleros heroicos no gusta de este tipo de sinceramientos.

el.informante.blog@gmail.com

21.11.12

Georgina, la grabación y los servicios secretos

Tras la audiencia judicial a la que Víctor Hugo Morales no asistió y con ello dio por terminada su pretensión de realizarnos un juicio penal, Luciano Álvarez y yo tuvimos que dar una especie de improvisada conferencia de prensa.
Víctor Hugo Morales, juicio, libro, Relato Oculto
La audiencia a la que faltó el relator. Foto de Nicolás Garrido.
En ella, Georgina Mayo, periodista de la Televisión Nacional, sostuvo al formular una pregunta que la ya famosa grabación de un discurso pronunciado por el relator en el batallón Florida en 1977 nos fue proporcionada por los "servicios secretos" del Ejército.
Si la colega hubiera leído Relato Oculto sabría que su afirmación (¿de dónde la sacó?) es falsa. Porque entre las páginas 108 y 116 se cuenta con lujo de detalles, y con los nombres y apellidos de todas las fuentes, la historia de esa grabación.
En el libro se dan muchos más detalles, pero lo fundamental, estimada Georgina, puede resumirse así:
La grabación no fue realizada por oscuros agentes secretos de la dictadura. Fue hecha en una fiesta a la que concurrieron unas 300 personas y decenas de artistas reconocidos, entre ellos el por entonces ya famoso cantante de tangos Enrique Dumas. La reunión se hizo dentro del propio cuartel para despedir al entonces mayor Juan Carlos Grosso (hoy coronel retirado) que se iba en misión de paz a Cachemira. Buena parte de los 300 concurrentes eran militares: para empezar estaba presente el batallón Florida en pleno. El resto eran amigos de los militares y artistas invitados. Para los "servicios secretos" esa reunión hubiera sido un fiasco: allí hubo cualquier cosa menos actividades opositoras.
La grabación se prolonga durante casi tres horas. Hay pocos discursos. La mayor parte de la cinta está ocupada por actuaciones de artistas, uno tras otro. Casi todos ellos son cantantes de tango, pero también hay una banda de jazz (la de Santiago Luz), una de lo que entonces se llamaba música beat, un conjunto folklorico y una cuerda de tambores con la que se cerró la fiesta.
La grabación existe, estimada Georgina, porque en aquellos tiempos en los cuales filmar una fiesta entera era algo muy complejo y caro, los amigos del entonces mayor Grosso decidieron grabar al menos el audio para que le quedara como recuerdo. Los viejos cassettes estaban en su apartamento. Y fue él mismo quien nos los prestó, no los "servicios secretos".
Puedes ir a una biblioteca, pedir el libro, y verás estos y muchos otros datos. De todos modos, reproduzco aquí tres pasajes de la cinta que permiten ver el tono de la velada:

El mayor Grosso agradece a los presentes por la muestra de amistad hacia a su persona y al Ejército todo:
http://www.goear.com/listen/2cd066f/grosso-grosso

El famoso cantante de tangos argentino Enrique Dumas, hoy fallecido, canta una versión de Cambalache con alusiones políticas propias del momento que se vive en el Río de la Plata:
http://www.goear.com/listen/f0d5085/cambalache-enrique-dumas

La actriz Ximena, que por entonces integraba el elenco de Decalegrón, hoy también fallecida, presenta a Víctor Hugo Morales, quien hace un discurso en honor a su amigo, el mayor Grosso:
http://www.goear.com/listen/b883ce6/discurso-victor-hugo-morales



20.11.12

Denunciante renunciante

La Justicia archivó la denuncia penal que Víctor Hugo Morales realizó contra Luciano Álvarez y contra mí por el contenido del libro Relato Oculto.
El juez Gabriel Ohanian tomó tal decisión luego de que el relator no se presentó en el juzgado a respaldar su propia denuncia.
El abogado de Morales, Pablo Donnangelo, no pudo explicar su ausencia y sostuvo que en las 24 horas previas al juicio, el relator dejó de responder sus mensajes y llamadas telefónicas.
El siguiente video emitido por Telenoche 4 permite ver escenas de la audiencia judicial y las declaraciones posteriores de los involucrados... que asistieron a la cita judicial.





Tras el fin del caso, Morales dijo al diario El País que no vino a Montevideo debido a "un alto nivel de contractura y de estrés". Sin embargo, horas más tarde achacó su ausencia a un cólico nefrítico y a sugerencias de "políticos amigos".
Desde el momento en que me enteré de la noticia de la demanda dije dos cosas: a) que confiaba en la Justicia uruguaya y b) que todo lo que dice Relato Oculto es cierto y está documentado.
Ha quedado claro.

14.11.12

Un mundo sin Gloria (La crónica que inspiró a Garo)


Un mundo sin Gloria es el título del primer disco solista de Garo Arakelian, ex alma mater del grupo de rock La Trampa. El título refiere a una de las canciones del álbum, llamada Gloria, inspirada en la siguiente crónica, publicada originariamente en 2006 en la revista Rumbosur e incluida en el libro Crónicas de sangre, sudor y lágrimas. Este texto de periodismo narrativo cuenta la triste historia de la agente policial Gloria Cor, cuyo suicidio fue fugaz noticia en aquel momento. El título con el cual se publicó la crónica, tanto en la revista como en el libro, es justamente Un mundo sin Gloria (Obviamente, Garo lo usa con autorización). El estribillo de la canción, que cuenta con los coros de Laura Gutman, se puede decir que está escrito por la propia Gloria, ya que, como verán, reproduce pasajes de la carta que la agente dejó.
Lo que sigue es el artículo completo:

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Gloria Cor se pegó un balazo el sábado, pero los diarios recién dieron la noticia el lunes. “Funcionaria policial se mató porque no podía pagar la luz. Inspectores de UTE la denunciaron judicialmente y tenía temor de ser procesada”, dijo Últimas Noticias en un titular relegado a la página 9. La nota no decía el nombre de Gloria: la llamaba “G.E.C.M., de 38 años de edad”. Decía que “acuciada por problemas económicos y presionada por inspectores de UTE que la acusaban de obtener el suministro de energía eléctrica en forma irregular”, se había matado con un balazo “en el tórax”.
Es parte de la verdad, pero no toda. La historia de Gloria Elena Cor Machado es más compleja, más triste, más dramática de lo que dijeron las breves crónicas dedicadas a su muerte. La historia de la agente Cor, que murió el sábado 22 de mayo con un balazo en el corazón, resume muchos de los dramas con los que la sociedad uruguaya convive con indiferencia.

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Gloria nació en una familia muy pobre. Eran seis hermanos que vivían en Las Piedras; su padre cuidaba caballos, su madre cobraba una pensión por incapacidad debido a un defecto físico en un brazo.
Miguel Cor, un hermano de Gloria que hoy trabaja como electricista en la Jefatura de Policía de Montevideo, cuenta que eran chicos cuando su madre los abandonó. “Se fue con un hombre, él le dijo que con los hijos no la quería y ella nos dejó”.
Gloria tenía entonces seis o siete años. La partida de su madre acentuó la precaria situación de la familia. “Salíamos a pedir comida a la calle”, recordó Miguel Cor. “Íbamos a la feria de Las Piedras a pedir o recoger fruta y verdura para comer”.
A Gloria no le gustaba hablar mucho de su infancia, pero algo le contó a una amiga policía. Pedir le daba mucha vergüenza. “Fue una niñez muy pobre, muy triste”, relató su ex compañera.
Tras unos años, el padre de Gloria decidió ir a vivir a la casa de su madre, en Zapicán, Lavalleja. Tres hermanos marcharon con él, entre ellos Gloria y Miguel. Los otros fueron dados en adopción y hoy llevan otro apellido.
En Zapicán su padre comenzó a trabajar cuidado caballos en el campo, mientras los niños eran criados por su abuela. Miguel recuerda que a veces se quedaban solos, cuando su abuela se tomaba el tren a Rio Branco para traer comida barata de Brasil y unos kilos de más para vender en la zona. Seguían viviendo en la pobreza.
“Aquellos niños se criaron casi solos. Y haber pasado una infancia tan dura le dejó a Gloria ese carácter tan peleador, tan guerrero que tenía”, recuerda su amiga policía.
Por eso todavía le cuesta creer que se haya matado.

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Gloria Cor dejó tres hijos: María Elena, de 22 años, S., de 12 y M. de 9.
Gloria tuvo a María Elena siendo apenas una adolescente. No fue un embarazo deseado, sino producto de una violación. Fue su propio padre el responsable. Gloria tenía apenas 15 años.
“Yo nací a raíz de una violación de su padre”, cuenta María Elena, en su modesta casa de Nuevo París donde viven ocho personas. “Mi madre me lo contó cuando yo tenía siete años, para que aprendiera a cuidarme de los hombres”.
Miguel, el hermano de Gloria, dice que su padre estuvo preso “tres o cuatro años” por  embarazar a Gloria, pero sostiene que ella “era virgen cuando quedó embarazada, porque no llegó a haber penetración, fue un roce...”.
No es eso lo que Gloria le contó a su hija, a su esposo y a sus mejores amigas. Todos ellos relataron cuánto sufría Gloria por el  trauma de la violación.
“Ella me explicó que decidió tenerme porque yo no tenía la culpa de lo que había pasado”, cuenta su hija María Elena. “Ella parecía muy fuerte, pero eso nunca lo pudo superar”.
Cuando su padre fue preso, Gloria fue internada en el Iname y, cuando salió, vino a Montevideo donde comenzó a trabajar como empleada doméstica con cama. Su hija, mientras tanto, era criada por su abuela en Lavalleja.

***

Gloria trabajó de empleada en varios hogares y en una peluquería de Malvín. Durante unos cinco años fue mucama en el apartamento de la familia Riani, en la rambla. “Era una gurisa bárbara, muy trabajadora, muy alegre. Nunca la veías triste, tenía mucho ímpetu y energía”, recuerda Rodolfo Riani. “Era divina con los chiquilines y de confianza total: le podías dejar la llave o lo que fuera con total tranquilidad”.
Los Riani sabían que Gloria tenía una hija llamada María Elena, pero no conocían su historia.
Cuando María Elena cumplió 7 años, su abuela ya no pudo cuidarla porque quedó ciega, y la niña vino a vivir con Gloria a Montevideo.
“Al principio vivíamos en pensiones, yo pasaba mucho tiempo sola en una pensión en el Centro. Después ella pudo alquilar un apartamento en la calle India Muerta. No teníamos muebles y dormíamos en un colchón en el piso. Ella trabajaba día y noche para poder comprar las cosas de la casa”, recuerda su hija.
María Elena admira la tenacidad que su madre siempre puso para salir adelante, pero la convivencia entre ellas nunca fue fácil. “Ella me decía que yo le recordaba lo que le había hecho su padre. Me maltrataba. Me pegaba”. Más de una vez le gritó:
-¡Yo tendría que haberte abortado!
Después de cada ataque Gloria se disculpaba con su hija. María Elena tenía 12 cuando su madre le contó con detalles cómo había sido la relación con su padre, para que su hija se pusiera en su lugar y entendiera las razones de su conflictiva relación: la amaba y la rechazaba al mismo tiempo.
Gloria tenía una ilusión: ser policía. “Tenía vocación”, dice su hermano Miguel. A los Riani les contaba siempre que ella soñaba con ser funcionaria policial. Divirtiéndose con los niños de la familia, solía ponerse una gorra y jugar a que era un agente de la ley.
Agente de policía Gloria Cor
Gloria Cor, la policía que se cansó
de luchar contra el viento
Se anotó en la Escuela Nacional de Policía en 1990 y en 1992 cumplió su sueño: Gloria recibió su uniforme y su arma de reglamento.
“Ella amaba este trabajo”, dice la agente Adriana Puricelli, que conoció a Gloria en la escuela policial, donde se hicieron amigas inseparables. “El uniforme le daba una identidad, para ella ponérselo era ser alguien digno de respeto. Llegaba a su casa y sólo hablaba de los procedimientos. Para ella la Policía era todo”.
La actual jefa de Policía de Paysandú, la inspectora Cristina Domínguez, tuvo años atrás a Gloria trabajando a sus órdenes en la Comisaría de la Mujer, en Montevideo. La recuerda como una buena agente, “muy trabajadora, muy sacrificada, muy ordenada, muy prolija en su apariencia física”.
Sin embargo, Domínguez tuvo que hacer que Gloria fuera derivada a otra dependencia policial: no podía encargarse de las mujeres que llegaban denunciando una violación. “Me di cuenta de que no podía atender a otras víctimas que habían pasado por su misma situación, porque revivía todo lo que ella había vivido”, dice Domínguez. “Era algo que tenía a flor de piel”.

***

El otro sueño de Gloria era progresar en la vida, pero pronto descubrió que no sería fácil lograrlo siendo policía.
Con un sueldo insuficiente, Gloria hizo lo que hacen todos los agentes: servicio 222.
Hacer 222 significa trabajar de agente (generalmente vigilando alguna institución pública o privada) después de las ocho horas de tarea laboral habitual. El sueldo se duplica, pero también las horas de trabajo.
Haciendo jornadas de 16 horas, llegando a su casa extenuada y sólo con deseos de dormir, la relación entre Gloria y su hija se complicó aún más. Golpeada, María Elena llegó a escaparse de su hogar y se refugió en el Instituto Nacional del Menor.
-Los psicólogos del Iname le dijeron que los problemas eran de ella, no míos, que ella tenía que ver a un psicólogo. Pero nunca quiso -recuerda María Elena.
“Gloria, precisás ayuda. Tenés que ir a un psicólogo”, le decía su amiga Adriana Puricelli. “Pero ella no aceptaba auxilio. Era muy orgullosa y, para afuera, siempre aparentaba que era fuerte y que estaba todo bien”.
Cumpliendo el servicio 222, Gloria había conocido otro mundo: el de los policías que viven separados de sus familias, sin ver nunca a sus esposas e hijos. Un ambiente donde la infidelidad y los divorcios son cosas de todos los días.
“¿Cómo va a durar una pareja en la policía? Trabajás ocho horas, después te vas a hacer otras seis horas al 222: son 14 horas de trabajo. Agregale una hora para ir al primer trabajo, media hora para ir de ese trabajo al lugar del 222 y otra hora para volver a casa: son 16 horas y media. Cuando el policía llega de noche a su casa, no tiene ganas de hablar, ni de atender a sus hijos, ni de tener relaciones sexuales, es algo abrumador...”, relató una oficial que prefirió que no se publicara su nombre.
Álvaro Sosa, secretario del sindicato policial, dice que “el 222 es una inmensa trampa. El policía entra a trabajar porque no tiene otro modo de sobrevivir. Deja de concurrir a su casa. Más tarde o más temprano, eso le cuesta la separación de su pareja. Luego se termina divorciando, consigue otra pareja y ahora tiene dos hogares que mantener. Eso lo obliga a tomar otro 222. Esa es la norma”.
Todos los policías entrevistados –ocho, entre agentes y oficiales- coincidieron en este punto.
“El mayor índice de divorcios del Uruguay lo tiene la policía”, dice el agente Héctor Giménez. “Con pocos ingresos, con la necesidad económica de hacer horarios extremos, poco o ningún contacto con la esposa y los hijos, la infidelidad es muy frecuente. Las parejas se separan, los hijos terminan creciendo solos y muchos son víctimas fáciles para la pasta base o terminan siendo lo que llamamos infanto-juveniles”.
Precisamente, haciendo el 222 Gloria conoció a Giménez.

***

Giménez vive hoy en El Pinar, en una de esas modestas viviendas que construye el Ministerio de Vivienda llamadas “núcleos básicos evolutivos”.
En realidad, casi nunca está allí: como trabaja 14 horas diarias no puede perder tres horas más de ómnibus para ir y volver a El Pinar. “Salgo de casa el domingo de noche y vuelvo el viernes de noche o el sábado de mañana. Duermo tirado en algún banco en el 222 o en la comisaría”. Cuando fue ubicado para ser entrevistado para este reportaje, Giménez dormía en una silla en una oficina.
La vida de Giménez no era muy distinta cuando conoció a Gloria hace más o menos 13 años. Los dos hacían 222 cuando se conocieron. Gloria era soltera y muy atractiva. Giménez estaba casado con su actual esposa, pero eso no impidió el romance.
Adriana Puricelli intentó convencer a su amiga de que no le convenía esa relación con un policía casado, pero Gloria no la escuchó: “Ella tenía una gran carencia de afecto, que le venía de la infancia. Buscaba el amor, se enamoraba. Siempre hubo hombres que se aprovecharon de eso”.
Poco después, Gloria quedó embarazada y Giménez volvió con su esposa.
La llegada de una nueva niña, S., aumentó las necesidades económicas. Gloria y sus hijas ya no dormían en el piso. Cuidando cada peso Gloria había progresado y había amueblado su pequeño apartamento alquilado. “Trabajaba las veinticuatro horas”, cuenta su hija María Elena. Su sueño ahora era tener su propia casa.

***

“Vos tenés un ángel aparte”, le decía su amiga Adriana Puricelli cuando Gloria pudo comprar por fin su propio hogar, en la calle Bernardo Guzmán, en Nuevo París.
La casa en la que Gloria vivía –en la que se mató- tiene dos dormitorios, cocina, living y baño, todo un lujo para tantos policías que viven en pensiones y asentamientos. Era una vivienda en un pequeño complejo de propiedad horizontal edificado por el Banco Hipotecario, a pocas cuadras de la avenida Garzón, pero frente a un cantegril. El Ministerio de Vivienda era quien pagaba la entrega inicial, luego restaban muchas cuotas: Gloria tenía que pagar 35 años de cuotas, sin importar que poco después de inauguradas las casas ya tuvieran rajaduras, humedad, filtraciones de agua, según relatan los vecinos.
La situación económica de Gloria no era fácil. Había tenido otro hijo, un varón al que llamó M., y seguía siendo soltera. Además, a pesar de haber aprobado hacía ya años el examen para ascender en el escalafón policial, seguía siendo una agente de segunda.
El agente Giménez, con quien Gloria mantuvo una amistad después del romance, le aconsejó que no comprara la casa: “Yo le dije que no lo hiciera porque esos planes son un cáncer, te cobran una cuota que un policía no puede pagar”.
Efectivamente, Gloria no tardó en atrasarse en los pagos. El dinero no le daba y, como todos los policías, había comenzado a sacar préstamos cuyas cuotas de pago le descontaban del sueldo, que cada vez quedaba más reducido.
Para no perder la casa, decidió que también le descontaran del salario la cuota del Banco Hipotecario.
Con sus ingresos cada vez más recortados por cuotas y pagos, Gloria siguió el camino de miles de policías: el de transformarse en esclavos del 222 y los préstamos usurarios.

***

Gloria anotaba cada gasto en una libretita, no fumaba, no tomaba. Lo que cobraba lo usaba para su casa y sus hijos. “Ya tengo mi casa, sólo me falta el Fitito”, le decía a su hija María Elena.
Tenía visto un autito anaranjado y soñaba con comprarlo, pero el dinero nunca alcanzaba. Para empezar, la cuota de la casa era de 2.700 pesos, demasiado para su sueldo.
Gloria finalmente se había casado, pero su matrimonio con el agente Ariel Arballo tampoco la ayudó a mejorar económicamente ni a solucionar sus problemas familiares.
Como todo policía, Arballo no estaba casi nunca en su hogar y los hijos de Gloria quedaban solos casi todo el día. Muchas veces Gloria llegaba extenuada a medianoche y encontraba que la casa era un completo desorden. “Los niños no habían hecho los deberes, no habían tendido las camas, no habían barrido la casa...”, recuerda Miguel, el hermano de Gloria.
Los ingresos de Arballo eran –son- escasos. Como tantos policías, Arballo es divorciado y con varias parejas anteriores. Es padre de diez hijos y a cuatro de ellos les pasa dinero de acuerdo a retenciones dictadas por la Justicia que se le descuentan del sueldo. Esas quitas, más las originadas en préstamos tomados en cooperativas policiales y casas de crédito, hacen que de su salario quede poco y nada.
“Hoy mi sueldo es de 200 pesos por mes”, dice Arballo. Su aporte a la familia se limitaba entonces al dinero que podía sacar del 222. “Salgo a las siete de la mañana y vuelvo a las diez y media de la noche, y me quedan 3.000 o 4.000 pesos”.
Arballo cuenta que fue él quien decidió “colgarse” del tendido de la UTE para no tener que pagar la electricidad que consumían: “Después de la crisis de 2002 las tarifas subieron tanto que de pagar 600 pesos por mes pasamos a pagar el doble. Ya no nos daba la plata”.
Estuvieron muchos meses sin abonar la electricidad hasta que un día llegó una inspección de la UTE y constató el robo de energía. El caso pasó a la Justicia y ellos firmaron un convenio con la empresa para ponerse al día.
“Intentamos cumplir con el acuerdo, pero no pudimos hacerlo por mucho tiempo, porque nos fijaron una cuota de 3.700 pesos por mes, entre el consumo y la deuda”, cuenta Arballo. “Tratamos de todas maneras de que nos fijaran una cuota más baja para poder pagarla, pero nos pasaban de una oficina a otra. Una vez me tuvieron dos horas esperando. Escribimos muchas notas, pero nadie nos dio una respuesta”.
Después de unos meses, Arballo decidió conectarse nuevamente.

***

La situación familiar tampoco ayudaba a Gloria. Le pesaba que sus hijos crecieran solos, como ella. Temía por su hija S., que estaba llegando a la adolescencia. M., el menor, sufría de convulsiones. Lo atendía en el Hospital Policial, donde a veces los turnos con un especialista pueden demorar meses. Más de una vez, perdió la hora que tenía con el médico porque no recibió autorización de sus superiores para ausentarse del trabajo. “Eso la deprimía mucho”, relató su hermano Miguel.
Gloria estaba enamorada de Arballo, pero –como suele ocurrir con las parejas policiales- ya habían tenido sus separaciones. Según Arballo, se habían alejado por conflictos económicos. “Tuvimos un problema, pero lo solucionamos. Después, decidimos buscar un lugar donde los dos pudiéramos hacer el 222, para estar juntos al menos en el trabajo. Hacía seis o siete meses que los dos hacíamos el 222 en la Intendencia y estábamos viéndonos más”.
Adriana Puricelli, la amiga de Gloria, sostiene que la pareja se había separado porque Arballo tenía otra mujer. En la carta que Gloria dejó tras su suicidio alude a esa relación, pero Arballo dice que esa mujer –una prostituta- es sólo una amiga.
De todos modos, Gloria y su marido ya se habían reconciliado cuando llegó el triste desenlace de esta historia.
La situación económica de la familia era apremiante. “A veces Gloria compraba de a un morrón, de a una zanahoria. Le decía al almacenero: ‘mire que cuando cobre el 222 le pago’. Y le pagaba. El lujo que se daba era comprar un refresco de diez pesos los fines de semana”, cuenta la agente policial Cunha, que vive en el mismo complejo de viviendas en el que vivía Gloria.
Cunha llora cuando lo cuenta, pero no se asombra. En la Comisaría de la Mujer, donde trabaja, ya tuvo una compañera policía que, como no tenía dinero ni para alquilar una pieza, vivía en el edificio de una escuela abandonada, iluminándose con un mechero.
Gloria nunca dejó de pagar las cuentas del almacén, pero cada vez estaba más endeudada. “Era impresionante cómo hacía para estirar la plata. Sacaba de un lado y con eso pagaba parte de lo que debía en otro y si le sobraba algo, ese poquito lo integraba a otra deuda. Y así seguíamos”, cuenta Arballo. “Pero yo ya tenía cinco préstamos y ella otros cinco: teníamos cuotas en el República, en Cash, en Pronto...”
El 5 de mayo, Gloria tuvo que comparecer ante un juez penal por la denuncia que UTE le había hecho por robo de energía: ella era la responsable por ser la dueña de casa. El juez no la procesó, pero le advirtió que la próxima vez sí lo haría.
Gloria sabía que su casa estaba otra vez conectada ilegalmente al tendido eléctrico. El agente Giménez, el padre de S., cuenta que Gloria lo llamó por teléfono tras aquella audiencia judicial. “Ando mal, estoy muy cansada, la verdad es que estoy podrida de tantos problemas, te juro que hay días que me dan ganas de matarme...”, le dijo.
Giménez le respondió que se dejara de embromar, que tenía dos hijos chicos que seguir criando.
Unos días después les cortaron el agua, por falta de pago, dice Miguel, el hermano de Gloria. “Ella quiso renovar el préstamo en el Banco República para pagar, pero no pudo”.
Pocos días después, la mañana del 20 de mayo, los inspectores de UTE volvieron a la casita de la calle Bernardo Guzmán y tomaron fotos de la nueva conexión ilegal a la electricidad. “Gloria pensó que la iban a procesar con prisión”, dice Arballo. Si eso ocurría, ya no podría seguir siendo policía.
Unas horas después, Ariel Arballo escuchó el balazo cuando entraba a su casa.
La carta que dejó Gloria decía:
“Perdoname Arielito ya no doy más, que no te echen la culpa, el problema soy yo. Que me perdone la S. que le arruiné el cumple, al M. que se porte bien, cuidalo, no lo dejes en banda. Te corresponde parte de la casa mientras vivas y no traigas a la puta a vivir acá. A la María y a la Mili un besote, y a mis hermanos también y al Ángel y Matías (sus sobrinos) que perdonen mi cobardía de ser segunda mamá. Te amo y los amo a todos, sólo espero que me perdonen: me cansé de luchar contra el viento. No te enojes por ser yo tan cobarde. Yo sé que vos me amás. Y pedile a Dios que me perdone y me lleve al cielo, no creo haber sido tan mala. No dejes que todo se venga abajo. Cuidá lo que hicimos. Hasta luego”.

***

La prensa le dedicó poco espacio al suicidio de la policía “G.E.C.M.”. Unos días después ya nadie habló del asunto.
Quizás habría valido la pena detenerse un segundo en esta historia.
Hoy los niños que viven debajo de la línea de pobreza, como vivieron  Gloria y sus hermanos, son más del 50%.
El abuso sexual infantil crece año a año. “Cada vez hay más casos, aunque no sabemos por qué”, dijo la doctora Graciela Palomino, que integra la Comisión de Maltrato Infantil de la Sociedad de Pediatría del Uruguay. Otra integrante de la comisión definió la situación como una “epidemia oculta”.
En diciembre había 27.179 policías en Uruguay. La inmensa mayoría de ellos hace jornadas de trabajo de 12, 13, 14 horas diarias.
Muchos viven en asentamientos. Oficialmente, no se sabe cuántos son, pero Isabel Rodríguez, directora de la Caja Policial, puso un ejemplo: tras el temporal del 23 de agosto de 2005 un centenar de familias de policías se quedaron sin hogar porque el viento había derribado sus ranchos de cartón, chapa, bloques sin unir.
No hay cifras oficiales de cuántos policías viven bajo la línea de pobreza, pero una comisión que asesoró al ministro del Interior antes de asumir el cargo, manejó que son el 90%.
“Los policías viven en una situación de sobreexplotación que recuerda a Los Mensú de Horacio Quiroga”, dice Álvaro Sosa, del Sindicato Policial. “Probablemente son los funcionarios públicos en peores condiciones. Muchos viven en asentamientos, en condiciones infrahumanas, porque no pueden pagar un alquiler. Duermen en las terminales de ómnibus y cenan un pancho, que es lo que se pueden pagar. Los índices de alcoholismo y divorcios en la policía son más altos que en cualquier otro sector del Uruguay. Y la cantidad de internaciones psiquiátricas son alarmantes”.
Gloria Cor no fue el único policía que se suicidó en 2006. Según un registro parcial que llevan las autoridades, antes hubo por lo menos otros dos casos y cinco intentos fallidos. En 2005 tres policías se suicidaron y otros diez lo intentaron. Pero el registro no es exhaustivo. El Sindicato Policial, por ejemplo, sabe de una policía se mató en Rivera agobiada por las deudas y su caso no figura en la estadística oficial.

***

Miguel Cor, el hermano de Gloria, no pudo terminar de leer la carta que ella dejó. Su esposa había muerto de cáncer seis meses antes. Es él quien cuida hoy a S.y M., los dos hijos chicos de Gloria, junto a sus dos hijos. Para poder mantener a los cuatro niños día por medio, hace ocho horas en el 222. Esos días sale de su casa a las 6.45 de la mañana y vuelve a las 23.15.
María Elena, la hija mayor de Gloria, dice que todavía no asume que su madre haya muerto: “¿Por qué llegó a hacer esto, si siempre luchó contra todo?”
Tiene una hija de ocho meses. Vive junto a su pareja, su hija y otras cinco personas en una casita muy modesta lindera a un cantegril, frente a donde vivía Gloria. La casa está en obras: la están arreglando. El dinero viene de un hermano de su pareja, al que le va muy bien en su trabajo... en España.
María Elena está cursando primer año en el liceo nocturno. Lo hace porque quiere ser policía como su madre: “Yo quería trabajar junto a ella”.
El policía Héctor Giménez, que conoció a Gloria en el 222, lamenta la situación de S., la hija que tuvo con ella y hoy tiene 12 años. “Por un error mío, esa niña ahora tiene que crecer sin madre y sin un padre a su lado”. También lamenta no haber visto crecer a las dos hijas de su matrimonio. No está nunca en su casa y de golpe descubrió que la mayor, de 16 años, había dejado de ser una niña. “Un día me encontré con que en mi casa había otra mujer”.
Ariel Arballo, el esposo de Gloria, dice que perdió al amor de su vida. “Era una excelente persona, todos la querían, se hacía querer por todo el mundo”. Cree que la UTE se ensañó con él y su esposa, cuando al mismo tiempo hace la vista gorda con las decenas de viviendas “colgadas” del tendido eléctrico que hay en el cantegril de enfrente.
Crónicas de sangre, sudor y lágrimas. Libro Leonardo Haberkorn. Garo Arakelian
Presentación del libro
De camino al velorio de Gloria, su amiga Gloria Puricelli vio como esos vecinos colocaban una escalera, sin disimulo, y conectaban ilegalmente otra casa al tendido de UTE.
El padre y la madre de Gloria vinieron a Montevideo para el velorio de su hija. La madre llegó de Buenos Aires: familiares y amigos de Gloria la oyeron quejarse de las molestias y gastos que le provocó el viaje.
El padre de Gloria llegó de Lavalleja. Todos lo vieron, toda la noche, junto al cuerpo de su hija. “No se movió un segundo de al lado del cajón”, cuenta María Elena. Estuvo allí todo el tiempo. Le acariciaba la frente, la besaba. Le pedía que por favor lo perdonara.



20.10.12

Pobrecita Amanda Todd

En internet todo es rápido, instantáneo y, en forma paradójica, para siempre. Las cosas se hacen muchas veces casi sin pensarlas, en un segundo, y los efectos pueden ser eternos y devastadores.
El caso de la niña canadiense Amanda Todd, que se suicidó a los 15 años luego de vivir acosada durante tres, ejemplifica bien esta contradicción.
La historia muchos ya la conocerán.
Amanda tenía 12 años cuando accedió a mostrarle sus pechos, a través de una webcam, a una persona con la que estaba chateando. Ella no lo supo de inmediato, pero el hombre del chat la grabó mientras lo hacía.
Durante un tiempo no pasó nada, pero un año después, el sujeto reapareció para acosarla con una amenaza: si ella no se desnudaba frente a las cámaras, él divulgaría aquella imagen que había grabado.
La niña hizo lo que los expertos en internet recomiendan: negarse a cumplir con el chantaje. Se supone que los acosadores desaparecen ante una negativa cerrada.
Sin embargo, éste no fue el caso. La amenaza se cumplió y la imagen de Amanda enseñando sus pechos fue enviada al correo de sus familiares, amigos, compañeros de colegio y profesores.
A partir de ese momento comenzó una pesadilla que Amanda narró, sin hablar, solo mostrando unos pequeños carteles con frases cortas escritas con un marcador, en un estremecedor video que grabó un mes antes de quitarse la vida.



El resumen: todos en su colegio le dieron la espalda, se quedó sin amigos, comenzó a ser humillada y acosada en internet y en la vida real. Sus padres se mudaron de ciudad y la cambiaron de escuela. Pero el acosador anónimo no tardó en enviar las mismas imágenes a sus nuevos compañeros y maestros. Otra vez Amanda volvió a ser el centro de las burlas. Sus compañeros del nuevo colegio fueron especialmente crueles. Una vez se corrió el rumor de que Amanda quería quitarle el novio a una compañera y 50 personas la esperaron en la puerta de la institución para ridiculizarla y golpearla, mientras grababan un nuevo video infamante. La chica se quiso matar ese día tomando lavandina. Esa vez la salvaron. Pero el acoso no se detuvo. Ni siquiera luego del desgarrador video. Amanda tenía apenas 15 años cuando se quitó la vida.
El caso conmovió a Canadá primero y luego al resto del mundo. Con la misma ligereza con que ocurre todo en internet, muchos -expertos incluidos- comenzaron por culpar a los padres.
Los datos parciales que se conocen, sin embargo, muestran que los padres se preocupaban por la situación de Amanda: la habían cambiado de colegio, se habían mudado de ciudad (la madre, con Amanda), habían llevado el caso a la Policía (que nunca pudo hallar al culpable), habían puesto a la niña bajo tratamiento psicológico.
En las redes sociales, conforme algunos cuestionaban a los padres, el clamor de justicia era generalizado. Miles de personas a lo largo y ancho del mundo se preguntaban por la identidad del acosador que había llevado a Amanda a su muerte. Debía ser castigado. Debía morir también él. Rápido. Sin pensar demasiado.
Casi nadie, en cambio, se detuvo a pesar en los cientos de niños y adolescentes normales y "sanos" que habían hecho una pesadilla la vida de Amanda, escribiéndole en Facebook que merecía morir, agrediéndola en la calle, ahondando su desgracia. Y en la cantidad de padres de familia que miraron para el costado.
No tardó en aparecer Anonymous: el grupo de cyber vigilancia y justicia en la red. A través de un video, Anonymous divulgó la identidad del acosador. Hubo algarabía en Twitter y en Facebook: "Anonymous hace lo que no hicieron los padres".
Los vigilantes Anónimos divulgaron la identidad del acosador, su nombre, su dirección de correo electrónico, su cuenta en Facebook, en Twitter, en Google +, sus fotos, su lugar de residencia. Se trataba de un hombre de 32 años, ex empleado de Facebook, domiciliado en New Westminister, Canadá.
La revelación se transformó en un escrache mundial. El nombre del sujeto que había empujado a Amanda al suicido rebotó en millones de computadoras de todo el planeta, los medios de comunicación enviaron periodistas al nido de la rata, la policía canadiense se apresuró a llegar antes de que escapara. Ahí fue cuando se descubrió un pequeño error: la dirección no era la correcta. Allí vivía otra persona.
Suerte que a nadie se le ocurrió prender fuego la casa.
Anonymous, a través de la página en Facebook de su filial de New Jersey, admitió su error y pidió que no se publicara más la dirección de New Westminister, porque no ea la correcta.


La declaración de Anonymous tenía otros errores. El acusado no tenía 32 años sino 19. Se trata de un joven que ya compareció ante la Justicia en dos ocasiones: una por asalto sexual y otra por "interferencia sexual" con una persona menor de 16 años. El supuesto acosador fue perseguido por la prensa y admitió haber conocido a Amanda Todd a través de internet, pero negó ser quien tomó y divulgó una y otra vez las imágenes que infiernizaron a la niña. La Policía canadiense dijo que el joven -que a esa altura ya había recibido cientos de amenazas de muerte a través de sus cuentas de mail y Facebook- no tenía relación con el caso y que las acusaciones en su contra no eran fundadas.
Las cyber patrullas lograron sin embargo un éxito: el diario The Globe and Mail, en una nota que cuestionó el rumbo que estaban tomando las cosas en la red, informó que un empleado de una tienda de Ontario fue despedido luego de que ser denunciado como el imbécil que escribió que Amanda merecía morir en una página web dedicada a su memoria.
Rápido. Sin pensar demasiado.
El Globe recordó el caso de una pareja de 70 años que fue amenazada de muerte luego de que su dirección fuera divulgada en internet, en forma errónea, como la de un hombre que había disparado y matado a un adolescente en la Florida. El director de cine Spike Lee fue uno de los que propagó la versión errónea: le envió por Twitter la dirección de la pareja de ancianos, señalando que era la del asesino, a sus 240.000 seguidores. Luego se disculpó.
La muerte de Amanda ha conmovido hasta tal punto al Canadá que el caso llegó al Parlamento. La primera ministra de la provincia de la Columbia Británica, Christy Clark, pidió un gran debate nacional "sobre si debemos criminalizar o no el ciberbulliying”. En las últimas horas, ocho jóvenes fueron apresados por otros casos de hostigamiento escolar.
El acosador de Amanda aún no ha sido identificado. La Policía de Canadá, según reprodujo el diario Vancouver Sun, ha dicho que su gran desafío es tratar de bucear la verdad entre la información falsa que algunos están haciendo circular por internet en su propio beneficio. La madre del muchacho de 19 años señalado como el acosador dijo que su familia está siendo víctima de un linchamiento. La Policía afirmó que las fotos de la supuesta autopsia de Amanda que circulan por internet no son verdaderas. Pidió por favor que no sigan siendo divulgadas porque le generan un dolor extra a la familia de la niña y dificultan la investigación. La Policía también advirtió que se han creado varias páginas web que pretenden recaudar dinero en memoria de Amanda, pero son todas falsas, engaños para quedarse con el dinero de la gente. En realidad, hay una sola cuenta verdadera: la que la familia abrió en el Royal Bank of Canada para recaudar fondos contra el acoso escolar.
Las fotos de Amanda Todd mostrando sus pechos a los 12 años todavía circulan por internet.
Rápido. Sin pensar demasiado.
Instantáneo. Muy democrático.
Y muy peligroso.

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@leohaberkorn

10.10.12

"Víctor Hugo es una persona de probada deshonestidad intelectual"


El diario La Capital de la ciudad de Rosario publicó, en su suplemento cultural Señales, una crítica de Relato oculto, las desmemorias de Víctor Hugo Morales. La reseña fue realizada por el periodista y escritor Osvaldo Aguirre quien afirma que el libro realiza una tarea "exhaustiva y rigurosa". El artículo completo  puede leerse aquí.
El crítica fue acompañada de una breve entrevista que se me realizó y aquí transcribo:
—En una intervención en la web dijiste que el tema de Relato oculto es la honestidad. ¿Qué dice al respecto la historia de Víctor Hugo?
El suplemento Señales dedicó su portada a Relato Oculto—Que es una persona de probada deshonestidad intelectual, que acomoda los hechos en función de su conveniencia. Por ejemplo, en su libro Víctor Hugo por Víctor Hugo Morales dice que, antes de emigrar a la Argentina, fue jefe del suplemento de espectáculos de un diario comunista y que aconsejó al Partido Comunista respecto a sus políticas editoriales. En el libro documentamos que el diario no era de ese partido, que no tenía suplemento de espectáculos sino unas páginas dedicadas al tema, y que los jefes de esas páginas eran otros periodistas uruguayos muy conocidos. Víctor Hugo era un apenas un notero, un novato que escribía muy mal y que publicaba en forma esporádica. Y, por supuesto, nunca aconsejó nada al Partido Comunista. Y este es solo un ejemplo de lo que descubrimos. Todo su relato de que fue un periodista opositor a la dictadura se basa en tergiversaciones de este tipo.
—¿Intentaron hablar con él antes de publicar el libro?
—Mientras escribía, uno de sus empleados me propuso tener una "charla de café" con él. Le pregunté para qué y me reenvío un mail de Víctor Hugo donde decía que quería explicarme el contexto histórico en el cual había escrito una nota adulando a la dictadura uruguaya. Como ese contexto lo conozco, respondí que no le veía sentido a la "charla de café". Propuse, en cambio, hacerle una entrevista. Nunca respondió.
—Víctor Hugo los llamó sicarios de Clarín.
—Miente. Ni Luciano ni yo tenemos ningún vínculo con Clarín.
—También dijo que el artículo sobre el mundial de la dictadura donde nombró a Lacoste y Merlo fue "modificado de manera bastarda", entre otras descalificaciones.
—Víctor Hugo elogió a la dictadura en muchas de sus notas sobre el Mundial 78. En una festejó que el gobierno militar organizara el Mundial dejando de lado a los dirigentes de los clubes y escribió con regocijo: "Nombres desconocidos hasta ahora como los de Merlo y Lacoste sustituyeron a los eternos mandamases de siempre". A esa cita en el libro se le agregó, entre paréntesis, el grado y el nombre de pila de ambos militares, que faltaban en el original. Es algo habitual en periodismo para completar datos que faltan en una cita. Por supuesto, se puso entre paréntesis para aclarar que es un agregado. Y además la cita está en cursiva y el agregado en recta. Eso es todo. De las decenas de denuncias que le hace el libro esto es lo único que retrucó Víctor Hugo. Es patético. ¿Por qué no habla de cuando escribió que la dictadura de Videla "no mató a nadie para organizar" la Copa, o cuando afirmó que los jugadores campeones eran "soldados" porque habían traído "la paz y la esperanza"? Si fuera honesto reconocería que se equivocó al aplaudir a la dictadura en 1978, que actuó cegado por el odio a los dirigentes del fútbol uruguayo porque ansiaba que en Uruguay el régimen militar hiciera lo que hizo Videla: tomar las riendas del fútbol dejando a los dirigentes de lado. Pero su ego no le deja admitir su error. Prefiere seguir mintiendo, repitiendo que no sabía que había dictadura en Argentina.
—El libro fue difundido en Buenos Aires por la prensa opositora al gobierno, y considerado como mínimo sospechoso por la oficialista. ¿Fue utilizado en el contexto del debate de la ley de medios y del enfrentamiento entre prensa opositora y oficialista?
—Subestimamos el grado de polarización que hay en Argentina. En Uruguay, por suerte, no estamos divididos de un modo tan tajante, de un lado o del otro. La realidad es que el libro no refiere ni una sola vez al gobierno argentino, ni a la ley de medios. Cualquier persona que ame la verdad histórica y al periodismo puede y debería leerlo.

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5.10.12

El triunfo del viru viru

Al presidente Mujica no le gusta que los jóvenes estudien periodismo. Tampoco ciencias de la comunicación o humanidades, en general.
"No se puede sacrificar oleadas de jóvenes que inocentemente van a estudiar Ciencias de la Comunicación. No se puede construir algo sólido si no se hace en derredor de las matemáticas y las ciencias", dijo Mujica en 2010 en la ceremonia de asunción del ministro de Educación, Ricardo Ehrlich. Y agregó que Uruguay debía fortalecer el desarrollo de las disciplinas científicas en lugar de continuar dando "bombo" a "un país de viru viru", en referencia a las humanidades.
Aquellas declaraciones no fueron casualidad. En 2011 Mujica insistió en el punto en un discurso que pronunció en el Foro de Innovación de las Américas en el LATU. "Somos afectos a las letras y a todo lo que es viru viru", lamentó entonces.
Poco después, una noche en que el presidente estaba comiendo en el bar La casa del Whisky, en la esquina de Uruguay y Rondeau, dos estudiantes avanzadas de periodismo de la Universidad ORT vieron la oportunidad de hacerle unas preguntas. Quienes acompañaban al presidente les dijeron que preguntas no, pero si querían podían tomarse una foto con el Pepe. Las estudiantes aceptaron, pero tras retratarse con el mandatario comenzaron a interrogarlo. Mujica se sorprendió y les preguntó a ellas:
-¿Qué estudian ustedes?
-Periodismo.
-¡Sáquense eso de la cabeza! No pierdan el tiempo. Estudien ingeniería -les respondió el presidente.
Tal parece que Mujica quisiera un Uruguay sin periodistas.
Si ese país existiera, imaginemos cómo hubiera sido esta semana. Todos habríamos asistido a la televisación en directo del remate de los aviones de Pluna. Habríamos visto por TV como "el señor de la derecha" levantaba la mano y compraba las aeronaves en 137 millones de dólares. Luego nos habríamos enterado, a través de distintos voceros involucrados, que el "señor de la derecha" se llamaba Antonio Sánchez, que representaba a una compañía aérea europea llamada Cosmo y que había adquirido los aviones para organizar vuelos chárter en Europa Oriental y otras lejanas tierras.
Con el paso de las horas, y gracias a algunos obreros del viru viru, nos fuimos enterando que nada de eso era cierto.
restaurante Lindolfo, López Mena, Lorenzo, Pluna, remate
La fotografía de Diego Battiste, fotógrafo de El Observador.
Primero un fotógrafo de prensa de El Observador retrató en una comilona al supuesto comprador español con el ubicuo empresario rioplatense Juan Carlos López Mena y el ministro de Economía, Fernando Lorenzo.
La versión oficial del negocio comenzaba a desmoronarse.
Unas horas después, otros periodistas, esa gente que pierde el tiempo e impide el despegue del Uruguay, esta vez de radio El Espectador, descubrieron que el señor Antonio Sánchez en realidad se llama Hernán Calvo y que fue durante años un empleado de alta confianza de López Mena. El negocio verdadero quedó en evidencia: la realidad no tenía nada que ver con el discurso oficial.
Ese es el mundo que quiere el presidente Mujica y tantos otros poderosos del planeta: de Berlusconi a Chávez, pasando por todos los que se te ocurran. Un mundo donde nadie pueda cotejar las mentiras verdaderas que se arrojan sobre el pueblo, un mundo donde se puede reescribir el pasado a piacere, y redactar el presente a gusto de sus dueños, mientras el pueblo se traga las mentiras por TV. Un mundo donde los que mandan dicen cómo son las cosas, y no se admiten preguntas. Si querés podés sacarte una foto con el Pepe.
Ahora, porque todavía existe el periodismo profesional, sabemos que el negocio no fue como decían que era, y que los aviones no los compró el "hombre de la derecha". Lo que no sabemos todavía es para qué fueron necesarias tantas falsedades y ocultamientos. Quizás, con suerte, algún día lo sabremos. Lo que es seguro es que esa información  no nos llegará de boca del gobierno, ni de la oposición, ni de las empresas involucradas. No nos ayudarán en este caso los grado cinco de matemáticas y física, tan importantes y necesarios, sin ironías. La verdad, o una versión más cercana a la realidad de los hechos, nos llegará otra vez de la mano de un investigador social o de un periodista. El denostado, menospreciado, ridiculizado y atacado viru viru.
No es casualidad que pocos días atrás, casi en forma simultánea, la presidente de Argentina, Cristina Fernández, y el propio Mujica hayan declarado que el periodismo independiente no existe. Para Mujica esto del periodismo independiente es un "invento".
Véalo de esta manera, señor presidente: el invento funcionó esta semana.
Por suerte.

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27.9.12

Hanglin en el país de las maravillas

Uruguay es el paraíso. Un país "enteramente de clase media". Un país que vive un gran momento "económico y emocional". Un "gran país con una personalidad admirable".  Un país "grande en su inteligencia y en su decoro". La tierra prometida.
Así lo vio, lo sintió y lo escribió el periodista argentino Rolando Hanglin tras una recorrida en auto entre Colonia y Maldonado, relatada luego en una columna publicada en el diario La Nación.
Según la crónica, por momentos parece que Hanglin hubiese sido víctima de alguna poción mágica y alucinógena.
Su descripción de la rambla montevideana es tan osada que ni siquiera el más corajudo publicista del Ministerio de Turismo se habría atrevido a tanto. Para Hanglin las aguas del Plata frente a Montevideo no son marrones sino "plateadas", las arenas capitalinas son blancas y en la rambla reina una higiene de quirófano: "Ni un papel, ni un cartón, ni un cajón descartado. Nada. Todo limpio".
El recorrido íntegro es como una casa de muñecas recién estrenada: "En las veredas (muy similares a las de Rio de Janeiro) ni una baldosa rota. Frente al horizonte del río-mar, un banco cada veinte metros, sólido y cómodo, que no está pintarrajeado ni saqueado por vándalos".
El periodista argentino pintó un país "campeón de la clase media" donde no hay lugar para noticias como la que nos golpeó como un piñazo en el estómago pocos días atrás: la del bombero que fue a apagar un incendio en una vivienda muy precaria, como la de miles y miles de trabajadores uruguayos, solo para descubrir al llegar que el hogar que el fuego devoraba era el suyo y que su hijita había muerto abrasada por las llamas.
Hanglin estuvo en Chihuahua, Solanas, Ocean Park, Sauce del Portezuelo y otras playas selectas de Maldonado, se alojó en un hotel donde "las liebres del monte (...) brincaban al borde de los jardines. Había olor a pino y a jazmines". Ahí no viven los bomberos, ni tampoco pasan los fines de semana.
En la dulcificada versión de Hanglin los uruguayos somos "gente educada, que tiene colegio secundario completo" cuya "pretensión es poseer una vivienda digna, un auto presentable, y mandar los chicos al cole. Nada más".
Por suerte Hanglin no tuvo necesidad de subir a un ómnibus de Coetc y encontrarse con la guarda-chofer que obligó a bajar de su coche y le secuestró el pase libre a un hombre que no tiene brazos, porque al manejar el pase libre con sus pies éste se le había deteriorado. Y fue afortunado de no toparse con los dos agentes policiales de Rocha que molieron a golpes a un hombre que no respondía a sus preguntas, hasta que se dieron cuenta, un poco tarde, que no contestaba porque era sordomundo.
Hanglin, en cambio, conoció a un policía honesto, amable, que la advirtió cuáles son los límites de velocidad para que evitara ser multado. Seguro que fue así: todavía hay muchos uruguayos honestos, amables, dispuestos a ayudar al prójimo cualquiera sea su color, raza, nacionalidad o ideología. Hanglin por suerte se cruzó con varios de ellos, en las calles, en el hotel, en una ruta donde se había perdido. Y también es cierto: ese tipo de gente es lo mejor que siempre ha tenido el Uruguay. "Ellos -escribió el periodista porteño- son unos argentinos pero...con educación, modestia, tranquilidad. Todo aquello que nosotros perdimos. ¿Cuándo y cómo?".
Quizás ahí está la clave del artículo. Porque a Hanglin le duele la realidad argentina, mitifica e idealiza la oriental. Era difícil que en apenas un fin de semana de recorrido por la zona más privilegiada de la costa lograra captar que a los uruguayos hoy nos preocupa -además de la pobreza- exactamente lo mismo que a él: la pérdida de educación, de valores y de tranquilidad que sufrimos día a día. La guarda-chofer de Coetc, la que agredió a un hombre que no tiene brazos... ¿cuándo y cómo se hizo posible entre nosotros? ¿Y  los chicos que prendieron fuego el liceo 29? ¿Y los que cada noche, una tras otra, atacan el Monumento al Holocausto? ¿Y la familia rica que importa empleadas domésticas de Bolivia para explotarlas mejor? ¿Y los funcionarios públicos que abusan de su poder frente a los más indefensos? ¿Qué cosa hicimos mal -no solo hoy, sino desde hace años- para que en Uruguay pudiera ocurrir una historia tan brutal y dolorosamente injusta como la del bombero?
Es posible que Hanglin tenga razón, que la Argentina nos lleve ventaja en esta caída, que también es global. En general, en casi todo nosotros los seguimos de atrás. Sobre todo, hay algo importante que Argentina padece y que Uruguay no. Es algo que no aparece en la nota de Hanglin, pero debería porque hoy marca una diferencia real entre los dos países. Nosotros todavía no estamos divididos como bandos en guerra, en blanco o negro, amigos o enemigos. Nosotros al adversario todavía lo consideramos un rival a superar y no un enemigo a destruir. Hay excepciones, claro, dirigentes de segundo orden que quieren tensar la cuerda. Pero son los menos. Nuestra política, con todos sus defectos y lacras, todavía no se organiza en base a la lógica perversa y ominosa del enemigo interno. No es un detalle menor. Es una seña de identidad y es la clave que siempre puede abrirnos el futuro. Es algo que deberíamos cuidar. Es mucho, mucho más importante que el color del agua del río.

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9.9.12

Pi Hugarte y las boleadoras

Conocí a Renzo Pi Hugarte en 1998. Por ese entonces yo trabajaba en la revista Tres y me habían llamado la atención ciertas publicaciones recientes sobre los charrúas. Una de ellas era una serie de fascículos escritos por el periodista Rodolfo Porley y editados por el diario La República con auspicio oficial (el gobierno era del Partido Colorado). Luego estaba el libro El pueblo jaguar, del geógrafo Danilo Antón.
Según estas publicaciones, los charrúas habían sido una nación de cientos de miles de individuos organizados en forma democrática, respetuosos de los derechos de la mujer y cuidadosos del medio ambiente. Poseían  importantes saberes éticos, científicos y técnicos: conocían la agricultura y sabían mucho de música, medicina y matemática. Tenían un calendario. Eran constructores y habían levantado decenas de monumentos de piedra, incluyendo una catedral en Salto.
Estas aseveraciones habían provocado polvareda entre historiadores, arqueólogos y antropólogos porque hasta entonces lo que se sabía sobre los charrúas era que habían sido unos pocos miles, nómades, guerreros indómitos que vivían de la caza, que no conocían la agricultura, el metal ni la rueda. No sabían tejer, no tenían ciencia ni industria.
Decidí escribir sobre el tema. Leí libros sobre los indígenas, entrevisté a Porley y a  Antón, también a científicos destacados que habían estudiado el asunto.
La conclusión era clara. No existía pruebas científicas para sostener las afirmaciones de Porley y Antón. Su alucinada prédica, sin embargo, provocaba la simpatía de buena cantidad de gente deseosa de que los charrúas fueran lo que nunca habían sido.
Pi Hugarte y los charrúas
Pi Hugarte en 1998. Foto de Leo Barizzoni (revista Tres)
Fueron especialmente enfáticos y tajantes para desmentir aquella ola charrúa superstar quienes ya entonces eran los dos antropólogos más respetados del país, Daniel Vidart y Pi Hugarte. El final del artículo -que pude leerse aquí- fue una frase de Pi, una de esas que apenas te las dicen ya sabés que serán el título o el remate de tu nota. Yo le pregunté: "¿Qué queda de los charrúas en la cultura uruguaya de hoy?". Él lo pensó en silencio unos segundos y luego respondió con seguridad: "Salvo las boleadoras, que cada día se usan menos, nada".
El artículo provocó el rechazo de los fanáticos de la tribu, que se ensañaron con Vidart y con Pi. Varias veces, en posteriores encuentros, Pi me comentó cómo le reprochaban aquella sentencia de las boleadoras. Pero era la verdad, se reafirmaba siempre.

***

La última vez que vi a Pi Hugarte fue hace un año, en octubre, en la Facultad de Humanidades, durante un seminario sobre culturas indígenas.
El primer impacto me lo llevé al entrar a la sala donde se desarrollaban las conferencias. Era un aula común y corriente, no muy grande, totalmente repleta de gente. Bastaba verlos para comprender que aquel público era cien por ciento charruísta. Muchos habían ido vestidos de indios: unos llevaban coloridas prendas del Altiplano, otros vinchas en la frente, peinados con largas trenzas, camisetas estampadas con el rostro de caciques siux o pieles roja.
Pi, lo mismo que Vidart, habló sentado en una mesita frente a todo aquel auditorio. Todo lo que dijo era todo lo que aquella gente no quería oír. Explicó las cosas que la antropología sabe sobre los charrúas. Habló de su legado mínimo en nuestra actual cultura. Les dijo que no por vestirse de indios revivirían a la desaparecida tribu.
Lo escucharon en silencio, en general con respeto. Alguien levantó la mano para dejar sentada su discrepancia.
Toda la conferencia fue un acto de valentía y de honestidad intelectual. Salí reconfortado y triste al mismo tiempo, sabiendo que ya entonces Uruguay no tenía casi intelectuales capaces de hacer algo semejante.

***

Renzo Pi Hugarte falleció el martes 15 de agosto a los 78 años.
Su partida constituye una pérdida irreperable en un país donde el debate de ideas ha cedido su lugar al marketing y la propaganda, un Uruguay en el cual la inmensa mayoría de los políticos decide cada mínimo gesto mirando las encuestas y los intelectuales solo saben nadar a favor de la corriente.
Nos harían falta muchos como Pi y no los tenemos.
Lo vamos a extrañar, maestro.

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30.8.12

Dos sicarios y los Salieris de Víctor Hugo

Vamos a suponer que todos estos ataques, insultos e infamias son ciertos. Supongamos que Luciano Álvarez y yo no tenemos una trayectoria detrás. Que no nos conoce nadie. Supongamos que nos alquiló Clarín, como dijo Víctor Hugo. Que, como dijo Hebe de Bonafini, somos "pseudoperiodistas" y "periodistas del amarillismo".  Que somos "legionarios talibanes" como dijo Susana Rinaldi.
Supongamos que Uruguay es un país muy pero muy grande. Inmenso. Que nadie conoce nuestra forma de vida, ni el modo en que nos ganamos el pan desde hace décadas. Supongamos que somos malos tipos, arribistas, oportunistas. Supongamos que, como escribió la decana de la facultad de Periodismo de la Universidad de La Plata, Álvarez y yo somos dos sujetos que pretendemos imponer nuestra "visión del mundo" mientras "abiertamente" renegamos "de los cambios culturales por los cuales el país viene luchando en los últimos años". Supongamos que es cierto, que somos Pinky y Cerebro.
Supongamos que como dijeron Estela de Carlotto y Jaime Roos el libro que nosotros escribimos y ellos no leyeron, Relato Oculto, es parte de una "operación mediática". Supongamos que tiene razón Beto Casella y es posible admitir que uno no leyó un libro y al mismo tiempo calificarlo de "libro miserable". Supongamos que Luis Bruschtein tuvo el mínimo rigor de leer el libro antes de escribir en Página 12 que todo es un "pequeño chisme" carente de interés periodístico. Supongamos que es legítimo hacer lo que hace Rodolfo Braceli: plantear todo el asunto como una pelea entre Víctor Hugo y Lanata, ignorando por completo el libro.
Supongamos que toda esta buena gente opina con conocimiento de causa, que conocen de la historia reciente uruguaya, que se informaron, que leyeron a quienes intentan destruir. Supongamos que ninguno de ellos tiene lazos de amistad o intereses comerciales o artísticos o políticos que los condicionan en sus opiniones. Supongamos que todos ellos son gente seria y que todos sus falsos enunciados anteriores son verdaderos.
Supongamos que sí. Que somos lo peor. Sicarios. Malos, feos y sucios.
Pero, ¿lo que cuenta Relato Oculto es verdadero o falso? Esa debería ser la cuestión a discutir. ¿No? ¿O será que se discute todo lo anterior para evitar discutir el contenido del libro?
¿Los artículos que reproducimos en forma textual en los cuales Víctor Hugo Morales adula, agradece y elogia a la dictadura uruguaya, al dictador Aparicio Méndez y a otros de sus personeros, son verdaderos o falsos? ¿Los inventamos? ¿Los transcribimos erróneamente? ¿O son verdad?
¿Los artículos en los cuales Víctor Hugo Morales elogia una y otra vez a la Junta Militar que encabezaba Videla... ¿son fruto de nuestra pérfida imaginación? ¿Son acaso una calumnia? ¿O son ciertos?
¿Es verdad que Víctor Hugo escribió que los jugadores argentinos campeones del 78 eran como soldados porque habían traído "la paz y la esperanza"? ¿Es exactamente así o lo inventamos nosotros?
¿Miente Manuel Martínez Carril, alma mater de la Cinemateca Uruguaya (¿a ese tampoco lo conocen? ¿El también es de derecha y alquilado por Clarín? ) cuando cuenta cómo Víctor Hugo Morales miente en su autobiografía al adjudicarse un cargo periodístico que nunca tuvo? ¿Miente el cantante de tangos Aníbal Oberlín cuando cuenta que durante años Víctor Hugo Morales iba todos los fines de semana a un cuartel del Ejército uruguayo, donde había presos de la dictadura, a cantar, a jugar paleta, al fútbol y al billar? ¿La grabación donde Víctor Hugo es presentado como "un conspicuo amigo de todos los integrantes del batallón Florida" es falsa? ¿Está adulterada? ¿Tienen alguna prueba en ese sentido?
¿Es cierto o es falso que Víctor Hugo Morales juró por lo más querido de su vida que nunca tuvo agendando el teléfono de un militar? ¿Entonces es falsa la grabación en la cual se escucha a Víctor Hugo agradecerle al entonces mayor Grosso por estar siempre al otro lado del teléfono? ¿Miente también entonces el ex comandante del Ejército durante los gobiernos del Frente Amplio, el general Jorge Rosales, cuando cuenta que durante años se hablaban por teléfono para salir de noche todos juntos, Víctor Hugo y la barra del Batallón Florida? ¿Miente Rosales? ¿Mienten las diez personas que con nombre y apellido apoyan esa versión de la historia? ¿No será que el mentiroso es Víctor Hugo?
¿Son falsos los testimonios, personales y documentales, que muestran que Víctor Hugo no fue preso por oponerse a la dictadura sino por partirle la nariz a una persona común y corriente en un partido amistoso de fútbol? ¿No es cierto que Morales tiene una larga trayectoria de violencia y peleas, según él mismo confesó?
¿La grabación en la cual Víctor Hugo Morales le pide al comandante del batallón Florida que cuide la canchita de fútbol donde "tantas veces, tantas mañanas, nos entreveramos en picados inolvidables" es falsa? ¿No es Víctor Hugo el que habla? ¿Es un documento adulterado? Si es así, deberían denunciarlo y presentar las pruebas al respecto. Pero si es verdadera, ustedes, que son periodistas, académicos, actores sociales y figuras públicas, deberían dejar de repetir la mentira de los "dos picaditos de fútbol".
Ustedes vieron a Lanata y creen que el gran tema de Relato Oculto es la dictadura. No es así. El gran tema de Relato Oculto es la honestidad. Son los hechos, que en periodismo todavía existen. La verdad y la mentira.
Nadie los obliga a leer un libro miserable, un chisme carente de interés periodístico.
Pero si quieren debatir con el libro, entonces sí deberían leerlo y discutir con hechos y con altura.
Deberían dejar de insultar y de utilizar una y otra vez descalificaciones ad hominem.
Se sabe que los malos, feos y sucios también pueden decir la verdad.
Y que los buenos, lindos y limpios también mienten.
Ya tenemos un caso comprobado. Sería una pena tener que seguir agrandando la lista.

Artículo de Leonardo Haberkorn, publicado en la edición digital de La Nación, el 24 de agosto de 2012.

Mujeres que hacen obra

Mujeres, obreras, trabajo, construcción
Maira Moraes, obrera.
Foto: Magdalena Gutiérrez
Mabel Montes de Oca tiene 27 años, es de físico menudo y pocas palabras. Es de Mariscala, Lavalleja, pero hace cuatro años se radicó en Toledo, buscando un mejor futuro. Poco después consiguió trabajo en una empresa de limpieza de Montevideo. Pero al cabo de un tiempo renunció:
-No me sirvió: era poca plata y muchos tickets alimentación. Y arriba de eso yo tenía que pagar el boleto y una niñera.
Mabel tiene tres hijos. La familia se mantenía con el sueldo de su pareja, un obrero de la construcción. Pero ella quería tener su propio dinero, lo necesitaba para sí misma y para sus hijos.
Un día le dijo a su compañero que ella también quería trabajar en la construcción. En Mariscala había participado en una cooperativa de viviendas. Un capataz del Ministerio de Vivienda le había enseñado a levantar paredes, a revestirlas, a revocar. ¿Por qué no podía trabajar en una obra? ¿Por qué debía conformarse con los magros salarios que pagan las empresas de limpieza?
Su pareja le dijo que ni loca.
-Los hombres son bravos, las obras no son para vos.
Pero Mabel estaba determinada. Detrás de sus respuestas categóricas y breves se adivina un carácter firme. Se anotó en una escuela para operarios de la construcción que la empresa Saccem tiene en Manga con la esperanza de ser llamada para entrar a una obra. Cuando se presentó su oportunidad, y antes del primer día de trabajo, su compañero, ya resignado, la aconsejó:
-Vos no vayas a buscar amigos, compañeros, ni nada. Vos tenés que cuidar tu trabajo y hacerte respetar. Hacete respetar.

***

Hoy Mabel trabaja rodeada por 120 hombres en el piso 15 de una torre de 21 que se está construyendo en el Buceo, en Rivera y Comercio, donde antes estuvo la fábrica de vidrio.
Es una representante más de un fenómeno incipiente pero en crecimiento en Uruguay: las mujeres que trabajan como obreras de la construcción.
Hoy, según datos del Banco de Previsión Social, hay 625 puestos laborales en el campo de la construcción ocupados por mujeres: 424 en Montevideo, 103 en Maldonado y cantidades muy pequeñas en otros departamentos (no hay ni siquiera uno en Lavalleja, Soriano y Río Negro).
Una cifra cercana al 10% del personal de la industria ocupa dos puestos laborales. Por lo tanto, la cifra de mujeres obreras registradas ante el BPS puede considerarse cercana a 560.
Es un número modesto que se torna aún más pequeño si se lo compara con el total de personal empleado en el sector, que supera los 65.000. Las mujeres representan entonces menos del 1% del total. Y más pequeño todavía si no se consideran a las mujeres que trabajan en las obras, pero no propiamente como obreras sino, por ejemplo, como pintoras, personal de limpieza o técnicas prevencionistas.
“Si tomamos en cuenta solo a las mujeres albañiles, peones, maquinistas, martilleras, las que trabajan como obreras propiamente dichas, somos unas 300 en todo el país”, dijo Estela Escobar, que a su vez es la única obrera en la dirección de 35 integrantes del Sindicato Único de la Construcción (Sunca). (Hay otra mujer en la directiva, pero trabaja en el sector de la cerámica, también integrado al Sunca).
Sin embargo, si uno ve el asunto en perspectiva, la presencia de esas 300 mujeres representa una gran conquista.
Fempress, una publicación de defensa de los derechos femeninos, se preguntaba en 1996:
“Si las mujeres pueden hacer tareas de obra para construir su propia  casa, ¿por qué no trabajan en construcción, cuando faltan tantos empleos para ellas y cada vez más quieren acceder al mercado de trabajo? No existe en el Uruguay ni una sola mujer en el gremio de la construcción, y ellas se muestran eficientes en tareas que requieren atención a los detalles”.

***

Judith Mallo ya trabajaba en la construcción en 1996, aunque era difícil que Fempress se enterara: lo hacía en una pequeña empresa familiar, propiedad de su padre, en la localidad canaria de Sauce.
Rubia, sonriente, con su uniforme naranja de la empresa Ebital recién estrenado, Judith trabaja hoy en la obra del Sodre, en pleno centro de Montevideo. Antes lo hizo en muchísimas otras. Tiene 39 años y hace más de 20 que es albañil. Aunque a primera vista nadie lo diría, es una pionera.
“Empecé con mi viejo hace más de 20 años, como peón. Él era capataz de una empresa y un día decidió irse y poner su propia empresita. Yo tenía 15 años y cuando le faltaba un peón iba de suplente. Después quedé fija. En la empresa familiar trabajaban hombres –mis hermanos- y otras mujeres –mi madre y mis primas-. A la gente le llamaba la atención, pero en mi familia era algo normal. A mí siempre me gustó”.
Cuando el padre de Judith se jubiló, cada cual tomó para su lado. Ninguna de sus primas continuó en la construcción, pero ella sí. “Seguí porque me gusta”. Cuando entró a trabajar en Ebital, una empresa del grupo Campiglia, los hombres la miraban con doble sorpresa: una mujer que había entrado a la obra… ¡y con grado de finalista! Ninguno de ellos podía imaginar toda la experiencia y conocimientos que Mallo poseía. “Se acercaban para ver cómo era posible, pero me trataron muy bien.  Nunca tuve problemas”.

***

Mabel Montes de Oca, la chica de Mariscala que quería trabajar en la construcción a pesar de las admoniciones de su pareja, tuvo por fin la oportunidad que tanto deseaba.
Hace ocho meses fue llamada para integrarse a una obra de la empresa Sacceem.
En los días previos a su debut fue aleccionada por su compañero respecto a cómo afrontar el baile en el cual se había metido: tenía que tener cuidado, no hacer amistades, mantener la distancia con los hombres, ser precavida con todos, concentrarse cien por ciento en su trabajo y, sobre todas las cosas, hacerse valer.
Cuando llegó el momento, estaba preparada.
-El primer día entré con el carácter fuerte, dura, sin saludar a nadie, llevándome todo por delante. Estaba ahí para ganarme mi lugar, para ser uno más, para hacerme respetar.
Pronto vio que lo que había aprendido en Mariscala y en la escuela de Saceem le servía, que el trabajo estaba a su alcance, que no era tan difícil. Sus compañeros hombres se acercaban más por la curiosidad que despertaba su labor eficiente que por otra cosa. Pero ella nada, ni una palabra, ni hola, ni gracias, ni adiós.
-Así estuve un mes y medio. Pensaron que era una antipática, pero después entendieron que lo había hecho para ganarme su respeto. Ahora ya está todo bien. Resultaron buenos compañeros.
Sus jefes también apreciaron su trabajo y pronto ascendió a medio oficial. Ella ya ha pedido que la consideren para oficial y se nota segura de que lo logrará.

***

Las mujeres responden. Esa es lo que dicen todos los hombres que las tienen a su cargo.
“Su trabajo está a la misma altura y con el mismo nivel de calidad que los hombres”, afirma Julio Dranuta, gerente de Gestión Humana de Saceem.
“Hacen lo mismo que los hombres, pero en cierto punto son más aplicadas, se concentran más en su tarea”, dijo Carlos Caporale, el capataz de la obra del Sodre, el jefe de Judith Mallo, la pionera.
“Son iguales a los hombres y las han aceptado muy bien. Las he visto trabajar con pico y pala a la par de los hombres”, afirmó la técnica prevencionista Carolina González.
Juan Carlos Méndez es el capataz general de una obra de 120 empleados en el Parque de las Ciencias, sobre la ruta 101 pasando el aeropuerto de Carrasco, camino a Pando. Una tupida barba cana lo delata como veterano en estas lides, lleva más de 30 años en la industria.
Nos recibe en una oficina montada en un contendor. Contra la pared está el organigrama general de la obra. El jefe máximo es un hombre, pero el segundo  y el tercer lugar jerárquicos están ocupados por mujeres: una arquitecta y una ingeniera. Es paradójico, pero en la construcción las mujeres conquistaron primero la cima y recién ahora van por la retaguardia.
Méndez es la primera vez que las tiene en sus cuadrillas. Y está muy satisfecho. “En la industria de la construcción, y en todas en general, hay  mucha gente que ya no siente el orgullo de hacer las cosas bien, el amor propio se ha ido perdiendo. Pero las mujeres todavía lo tienen. No solo por su condición natural de ser más detallistas. También porque quieren demostrar que pueden y merecen ser tenidas en cuenta”.
Una de las cuatro mujeres que trabajan con Méndez en el Parque de las Ciencias es Maira Moraes, una joven de 24 años con los párpados pintados de lila, casi violeta.
Maira trabaja haciendo pruebas de hormigón. Para hablar se saca una careta de acrílico que le protege los ojos pintados. Cuenta su historia con una sonrisa de oreja a oreja.
Como casi todas las mujeres de la construcción llegó hasta aquí desertando de otro empleo. Todas trabajaron antes como domésticas, en empresas de limpieza, como cajeras en supermercados. Maira era etiquetadora y fechadora en una planta de envasado de especias.
-Me quedaban solo 6.000 pesos por mes, y yo tengo una hija. No podía alquilar nada y vivía con mi pareja en la casa de mis suegros.
Tiene cinco hermanos. Tres de ellos son obreros de la construcción, dos no. Cuando les dijo que ella también quería serlo, las opiniones se dividieron. Los dos que trabajan en otros ramos la apoyaron en su decisión. Dos de los obreros le dijeron que eso no era para ella. El tercero le tuvo confianza: ¿por qué no?
Maira tomó coraje y presentó su curriculum en una empresa del sector.
Pero había una gran diferencia entre ella y Mabel, la chica de Mariscala que no habló con nadie el primer mes y medio en la obra, y también con Judith, la pionera del Sauce.
Mabel había aprendido muchas destrezas del oficio en una cooperativa de viviendas en su pueblo de Lavalleja. Judith lo había hecho en la empresita de su padre. Maira, la de los ojos violetas, no sabía poner un ladrillo sobre otro. Ni eso ni nada. Lo único que sabía es que no quería seguir trabajando por 6.000 pesos.
Cuando dejó el curriculum le preguntaron:
-¿Y tú qué sabés hacer?
-Sinceramente, nada.
-¿Cómo que nada?
-No, no sé nada. Pero tengo todas las ganas.

***

Matías Restano es ingeniero y jefe de dos grandes obras, el complejo de torres Diamantis es una de ellas.
Hace poco, y tras una negociación con el sindicato, una cuadrilla de seis mujeres fue incorporada a esta obra que será casi como una ciudad dentro de la ciudad: allí vivirán unas 1.500 personas.
La empresa tomó muchas precauciones ya que la situación les provocaba cierta inquietud, no sabían cómo serían recibidas. Decidieron mantenerlas a todas trabajando juntas, en un mismo sector, de modo de que pudieran apoyarse entre sí. Y decidieron confiar la nueva cuadrilla femenina a un capataz joven y de mente abierta: Andrés Mier, de 28 años.
-Yo soy muy familiero, así que sabía que no iba a tener problemas con ellas. Solo que como a veces soy demasiado bruto al hablar, les avisé que si gritaba un poco no era por nada en especial. Les dije al llegar que iban a tener el mismo trato que los hombres, igualdad en todo, que iban a hacer las mismas tareas, sin matar a nadie. Porque hay cosas que puede hacer unas personas y otras no.
Ellas no lo defraudaron en sus expectativas:
- En ciertas personas había diferencias abismales en la calidad del trabajo, en la voluntad de hacer las cosas. Yo las mandaba a apalear y lo hacían a la par de un hombre, o incluso mejor.  Rindieron lo que esperaba y más todavía.
Y al final, en el trato con los varones, no pasó nada malo. La reacción masculina generalizada fue de respeto. La dirigente sindical Estela Escobar dice que los hombres de la construcción tienen fama de ser muy machistas, pero en la realidad no son los peores: “Yo participo en la comisión de género del PIT-CNT y escucho cada historia de otros gremios, que la verdad son mucho más graves”. Para Restano la presencia de las mujeres incluso hizo que muchos hombres mejoraran en su actitud para con el trabajo. El ingeniero cree que es hora de tomar más mujeres.
Es una cuestión de justicia, pero también una necesidad. El empleo en la industria de la construcción no ha dejado de crecer en los últimos años. A la salida de la crisis de 2002, los puestos de trabajo apenas llegaban a 30.000, en 2008 alcanzaron los 55.000 y hoy ya sobrepasan los 65.000.
“Con ese panorama y un desempleo de apenas el 5,3%, en las obras muchas veces ya no se elige a quién se toma, sino que estamos obligados a tomar lo que se presenta”, explicó Restano. “Entra gente que solo quiere hacer lo mínimo necesario para llevarse el sueldo. Las mujeres, en cambio, ponen mucho empeño”.
Por eso cuando Maira Moraes, la de los ojos pintados, dijo que ella solo podía ofrecer sus ganas de trabajar, no fue descartada en forma automática. Hoy en día tener muchas ganas de trabajar no es poca cosa.
Ahora Maira está por cumplir su primer mes en la obra del Parque de las Ciencias. Más feliz no puede estar.
-El incentivo del sueldo te hace ver todo con otros ojos – se ríe-. Antes ganaba menos de la mitad.
El convenio vigente en la construcción fija 44 horas de labor semanales. Se trabaja nueve horas de lunes a jueves entre las 7 y las 17, y ocho horas los viernes, entre las 7 y las 16. Dependiendo si es albañil, medio oficial u oficial, el sueldo puede variar entre 15.000 y 17.000 pesos. En un país donde, según cifras oficiales, casi 385.000 empleados privados ganan menos de 10.000 pesos (según el PIT-CNT la cifra total llega a 800.000) , los salarios que se pagan en las obras suponen un sueño a alcanzar para mucha gente.
-El sueldo supera en mucho lo que gané en todos los trabajos anteriores que tuve – dice Claudia Bentolano, de 34 años, una de las obreras de la cuadrilla femenina de Diamantis, las uñas pintadas de azul y dos caravanas  al tono en la oreja izquierda-. El horario también es mejor porque no tengo que hacer horas extras para llegar a fin de mes. No se compara.
Para Claudia, madre de tres hijos, trabajar en la construcción tiene un extra que no tenía en su anterior empleo en un supermercado: acá se aprenden cosas nuevas. Ella entró como peón, pero tomó un curso de albañilería y con las nuevas destrezas incorporadas la ascendieron a medio oficial:
-Hay tantas cosas para aprender, es algo muy recomendable.
Los trabajadores tienen todos los beneficios sociales. Y hay otra gran ventaja para las mujeres que se aventuran en este nuevo mundo: en la construcción, a igual trabajo igual paga. No existe brecha salarial según el sexo. Y eso pasa poco en Uruguay. Un estudio de 2011 de la organización Inmujeres señaló que las uruguayas ganan, en promedio, el 69% de lo que cobran los hombres que realizan idénticas tareas.
Y después está el trabajo el sí, que a muchas les gusta:
-Acá rompés la rutina. No es como estar todos los días encerrada en una oficina, o como ser ama de casa o mucama – dice Karen Rodríguez, de 22 años, que hizo sus primeras experiencias en una cuadrilla del Mides que arreglaba veredas para la Intendencia de Montevideo y hoy es otra feliz obrera.
Todo indica que cada vez habrá más casos como los que se cuentan en estas páginas. Es algo que ya se nota. Según datos del BPS proporcionados por Elvira Domínguez, representante empresarial en su directorio, los puestos laborales ocupados por mujeres en este sector eran solo 285 en 2008. Luego pasaron a 313 en 2009, 365 en 2010 y de allí pegaron el gran salto a los 625 de 2011.
Además, la Cámara de la Construcción y el Sunca han incorporado al convenio colectivo una cláusula destinada a favorecer la incorporación de mujeres al trabajo. Y como todas las experiencias han sido buenas, no hay nada que impida que el número siga creciendo.
“Hay más mujeres que podrían sumarse”, dice Dranuta, el gerente de Saceem.
Mabel Montes de Oca, la chica de Mariscala de pocas palabras, la que se mentalizó para hacerse respetar en la obra, la que no le habló a sus compañeros durante un mes y medio para que quedara claro que ella ahí no iba a pedirle permiso a nadie, hoy lo tiene bien claro: su apuesta ha sido positiva. Estuvo tres o cuatro meses fijando niveles de pisos un láser. Ahora está tapando caños. Al principio todos sus compañeros venían a ver si había hecho bien las cosas. Ya no. Ella lo tiene claro. Cuando se le pregunta qué le diría a otras mujeres, lo resume todo en cinco palabras:
-Que se animen a venir.

Artículo de Leonardo Haberkorn.
Publicado en la revista Construcción, edición de mayo, junio y julio 2012
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